En su columna, Carlos Milito recorre la investigación de Milagros Miceli, quien reveló cómo la IA se sostiene sobre una fuerza de trabajo masiva, precarizada y anónima. Miceli, radicada en Berlín y referente internacional en ética de la inteligencia artificial, presentó en la UNLP su proyecto que visibiliza a los trabajadores de datos, personas que moderan, clasifican, anotan, graban y verifican contenidos sin estabilidad, sin obra social y sin posibilidad de reclamar por abusos como los “rechazos en masa”.
Milito subraya el carácter político de esta investigación: la IA no es autónoma ni neutral, sino un sistema que oculta las relaciones laborales que la hacen posible. Su trabajo recupera la tradición de la “investigación obrera”, reivindica la voz de quienes sostienen la infraestructura invisible del aprendizaje automático y denuncia la concentración de poder de las corporaciones tecnológicas.
Un informe clave para comprender el lado humano —y conflictivo— de la IA.
