En esta columna, Luján Rulli analiza el documental Cómo ser feliz, de Ofelia Fernández, y lo utiliza como punto de partida para pensar cómo las redes sociales transformaron la subjetividad, especialmente en quienes crecieron dentro del ecosistema digital. Luján retoma los ejes centrales del film —adicción a la dopamina, ansiedad permanente, pérdida de intimidad, fragilidad de los vínculos y el corrimiento del cuerpo en la experiencia cotidiana— y los confronta con su propia mirada clínica, educativa y social.
Pero no se detiene en el diagnóstico: introduce una lectura propia y necesaria. Frente a un panorama que el documental presenta como pesimista, Luján rescata experiencias concretas que muestran otra forma de habitar lo colectivo. El ejemplo que trae es el del club El Mondongo, donde jóvenes de veintipico fundaron un espacio comunitario, colaborativo y solidario, que combina deporte, tejido, olla popular y proyectos comunes. Para Luján, esa escena —cuerpos presentes, organización barrial, vínculos reales— demuestra que aún en tiempos dominados por pantallas y algoritmos existen prácticas que restituyen sentido, tiempo compartido y una sociabilidad que el mundo digital no puede reemplazar.
Así, su columna teje una doble lectura: el impacto profundo de las redes en la vida contemporánea y, al mismo tiempo, la potencia que emerge cuando las comunidades recuperan el cuerpo, la presencia y la construcción colectiva.
