Adiós a Carlos Alonso: arte, exilio y memoria en un solo trazo

Murió Carlos Alonso, el último gran maestro de la pintura argentina del siglo XX

El pintor, dibujante y grabador Carlos Alonso falleció este lunes 21 de septiembre a los 97 años en su casa de Unquillo, Córdoba, donde vivía desde su regreso del exilio en los años 80. Su familia comunicó la noticia con un mensaje breve y contenido: su obra y su legado permanecerán siempre, y adelantó que le dará una despedida íntima.

Con su muerte se cierra un capítulo central del arte argentino contemporáneo. Fue uno de los nombres fundamentales de la pintura argentina del siglo XX, vinculado estrechamente con Lino Enea Spilimbergo, Antonio Berni y Juan Carlos Castagnino, artistas con quienes compartió no solo inquietudes estéticas sino una manera de entender el arte como herramienta para mirar de frente los conflictos sociales y políticos de su tiempo.

Origen y formación

Nació como Humberto Carlos Alonso en Tunuyán, Mendoza, el 4 de febrero de 1929. Vivió allí hasta los siete años, cuando su familia se mudó a la ciudad de Mendoza. A los catorce ingresó a la Academia Nacional de Bellas Artes, donde estudió dibujo y grabado con Sergio Sergi, y más adelante se formó bajo la influencia decisiva de Spilimbergo, su maestro y referencia artística de toda la vida.

Una obra atravesada por el cuerpo, el poder y la memoria

A lo largo de más de siete décadas construyó una obra en la que el cuerpo humano, la pobreza, la violencia, las desigualdades, el poder y la memoria aparecen una y otra vez. Su pintura combinó siempre el compromiso social con una exploración técnica exigente: fue, ante todo, un dibujante de trazo valiente y un colorista de una intensidad expresionista poco común en el arte argentino.

Esa mirada también dialogó con la literatura y con la historia del arte universal. En 1990 presentó en el Museo Nacional de Bellas Artes la serie El pintor caminante, vinculada a la figura de Van Gogh, y realizó también obra mural, como Con los pies en la tierra para la cúpula de Galerías Pacífico.

El debate por la vigencia de la pintura

En la década del sesenta, cuando los artistas del Instituto Di Tella planteaban que la pintura había muerto frente al auge conceptual y pop, Alonso se ubicó del otro lado del debate. Realizó cerca de cincuenta retratos de Spilimbergo sobre la vigencia de la pintura, sosteniendo a su maestro como modelo de una obra centrada en el oficio pictórico frente a quienes proclamaban su agotamiento.

El exilio y la desaparición de Paloma

La biografía de Alonso quedó marcada de manera irreversible por la última dictadura militar. Debió exiliarse durante esos años y, en 1977, su hija Paloma, de 21 años, fue secuestrada y permanece desaparecida. Esa herida personal se filtró en su obra y la transformó en testimonio: series como Manos Anónimas —realizada en distintas versiones a lo largo de los años ochenta— se convirtieron en uno de los registros artísticos más desgarradores sobre el terrorismo de Estado en la Argentina, y en la conciencia estética de esos años más oscuros del país.

Regresó a la Argentina en 1981 y se instaló definitivamente en Unquillo, Córdoba, donde construyó su casa y taller y desde donde siguió trabajando durante más de cuatro décadas, dedicándose a paisajes, retratos y homenajes a los maestros que admiraba: Spilimbergo, Van Gogh, Rembrandt y Renoir.

Los encuentros del Noroeste

Su vínculo con otros grandes de su generación no fue solo de época sino de trabajo compartido. Junto a Spilimbergo, Berni, Castagnino y Ramón Gómez Cornet, se encontraba en el Noroeste argentino —especialmente en Río Hondo y Santiago del Estero— para trabajar en contacto directo con la gente y el paisaje del interior, confrontar obras y discutir una perspectiva artística alejada del centralismo porteño. Una fotografía tomada en Río Hondo en 1958 quedó como registro de aquel grupo, cuatro gigantes de la pintura argentina reunidos en torno a un mismo proyecto estético y político.

Reconocimiento tardío pero pleno

Durante buena parte de sus últimos años, Alonso llevó una vida retirada: ya no recibía visitas, solo quería estar tranquilo y pintar. Sin embargo, el reconocimiento institucional no dejó de llegar. En 2019 el Museo Nacional de Bellas Artes organizó Pintura y memoria, una gran retrospectiva de su trayectoria, la primera revisión completa de su obra en casi treinta años. En 2024 rompió su hermetismo para inaugurar, a pocas cuadras de su casa, la muestra «El retrato» en el Museo de Arte Contemporáneo Unquillo (MACU), con unas ochenta obras elegidas por él mismo, institución que además había ayudado a fundar y donde tuvo su última exposición en 2025.

Las últimas palabras

Semanas antes de morir, Alonso había resumido en una frase el sentido último de toda su trayectoria: «sigo creyendo en el arte y, sobre todo, en su memoria insobornable».

El cierre de una generación

Con su muerte se completa, en apenas unos meses, la despedida de una generación irrepetible del arte argentino. Tras el fallecimiento de Julio Le Parc y, hace apenas unos meses, de Juan Carlos Distéfano, con la partida de Alonso se va el último gran pintor argentino que atravesó gran parte de los vaivenes políticos del siglo XX, testigo de utopías que nacieron y murieron ante sus ojos, y que él nunca dejó de traducir en imagen.

Carlos Alonso deja una obra que es, al mismo tiempo, historia del arte e historia política argentina: la de un hombre que jamás separó el oficio de pintar del deber de recordar.


Carlos Alonso, el pintor que se metió adentro de los libros

Además de pintor, Alonso fue uno de los grandes ilustradores de la literatura argentina y universal del siglo XX. A lo largo de su carrera ilustró más de cuarenta libros, un cuerpo de trabajo tan vasto que en 2007 la Fundación Alon le dedicó un volumen propio —Carlos Alonso, ilustrador, con dirección editorial de Alberto Giudici y ensayos de especialistas como Sylvia Saitta, Juan Pablo Feinmann y Laura Malosetti Costa— que después se convirtió en una muestra en el Centro Cultural Recoleta (2008).

Los libros que marcó con su trazo

  • Don Quijote de la Mancha, de Cervantes.
  • Martín Fierro, de José Hernández.
  • La Divina Comedia, de Dante Alighieri (1968, con prólogo de Ernesto Sabato). Para encararla, Alonso se instaló seis meses en Florencia. El resultado fue una serie de collages y dibujos perturbadores en los que trasladó el Infierno dantesco a la violencia, el hambre y la tortura contemporáneas —incluidas las villas miseria argentinas, Vietnam y Santo Domingo—, escribiendo en italiano sobre buena parte de las láminas una denuncia al «diabólico hombre blanco». El libro nunca tuvo circulación comercial: se hizo una edición limitada de 350 ejemplares, y volvió a exhibirse como serie completa en 2021 y 2022 bajo el título Dante x Alonso.
  • El matadero, de Esteban Echeverría. Fue justamente trabajando sobre este texto donde apareció con fuerza uno de los motivos que atravesaría toda su obra posterior: la carne y el cuerpo como metáfora política, un hilo que el Museo Nacional de Bellas Artes identificó también en Martín Fierro, Manos Anónimas y Hay que comer.
  • El juguete rabioso, de Roberto Arlt.
  • Romancero criollo, Antología de Juan y Mano a mano.
  • Lección de anatomía, serie iniciada en 1969 a partir de la obra de Rembrandt, en la que tomó como referencia las fotografías del cadáver del Che Guevara para convertir la escena en una reflexión sobre el cuerpo, la muerte y la violencia política.

Sobre este oficio de ilustrar, Alonso decía algo que resume su método de trabajo: «Cuando uno entra en un poeta, no sale del poeta de la misma manera.»

Una obra que terminó en una tapa de libro ajeno

Hay un cruce notable entre su pintura y la edición de libros: la obra Amanecer argentino, perteneciente a la serie Manos Anónimas (realizada a la vuelta del exilio, en 1981-1984) y que representa un secuestro de la última dictadura, fue reproducida como tapa del libro Cambio de armas y otros cuentos políticos, de Luisa Valenzuela (Editorial Colihue Narrativa, 2013).

Sobre sus tapas de discos no hay registro documentado con precisión de títulos, pero el propio Alonso hizo referencia a este trabajo en al menos una entrevista, sin detallar qué álbumes ilustró.

El vínculo con la música: el Nuevo Cancionero

Donde sí aparece un cruce fuerte con la música es en los orígenes del movimiento del Nuevo Cancionero mendocino, a comienzos de los años 60. Alonso fue uno de los artistas mendocinos que adhirieron a ese manifiesto junto a Mercedes Sosa, Armando Tejada Gómez, Tito Francia, Oscar Matus y otros, en el mismo círculo fundacional del que saldría buena parte de la nueva canción latinoamericana. No fue una colaboración de tapa de disco, sino de pertenencia generacional y de proyecto cultural compartido: pintura y canción como dos formas de la misma búsqueda.

Distinciones

Recibió el Premio Konex de Platino en dos oportunidades y el Premio Nacional a la Trayectoria Artística en 2018.


Fuentes: Infobae, La Nación, Perfil, La Capital, Mendoza Today, Biblioteca Nacional, Fundación Konex, Colección del Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti, argentina.gob.ar, Wikipedia.

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