AfD, la ola que rompe el dique en el este alemán

Alemania ya no puede mirar hacia otro lado. Lo que durante años se describió como una anomalía del este del país, un resabio de la posreunificación destinado a diluirse con el tiempo, se ha convertido este domingo en la fuerza política mayoritaria de un estado federado. Alternativa para Alemania (AfD) logró el 43,8% de los votos en Sajonia-Anhalt, más del doble que en 2021, y dejó a una Unión Demócrata Cristiana (CDU) que había ganado siete de las últimas ocho elecciones regionales hundida en torno al 17%. El resultado no es un accidente estadístico ni el fruto de una campaña puntual: es la culminación de una tendencia que los propios demócratas llevan una década advirtiendo sin conseguir revertir.
La magnitud del vuelco exige preguntas incómodas. Quién ha votado a la extrema derecha, por qué las instituciones alemanas consideran que ese voto tiene un problema constitucional de fondo, y por qué las herramientas que Europa ha usado durante décadas para contener a estos partidos parecen haber dejado de funcionar. Las respuestas, lejos de tranquilizar, dibujan un país que empieza a dudar de sus propios diques de contención.
Un electorado con rostro y con rabia
Los datos del sondeo a pie de urna de Infratest dimap para la cadena pública ARD trazan un perfil nítido del votante de AfD en Sajonia-Anhalt: hombres de entre 35 y 59 años, con estudios básicos, empleos manuales y una percepción negativa de su situación económica. Entre quienes calificaron de mala su economía personal, el apoyo a la ultraderecha alcanzó el 65%; entre obreros y trabajadores manuales, el 61%; entre las personas con menor nivel educativo, el 58%. La brecha respecto a quienes se consideran económicamente solventes —donde AfD cae al 37%— es de casi treinta puntos, una de las señales más claras de que el voto ultra se ha convertido, ante todo, en un voto de descontento material.
También hay una brecha de género que no deja de ampliarse: el 51% de los hombres respaldó a la formación de Ulrich Siegmund, frente al 40% de las mujeres. Y una brecha generacional que desmiente el tópico de que la extrema derecha solo prospera entre jubilados nostálgicos: la formación cosechó buenos resultados en prácticamente todos los tramos de edad, y solo entre los mayores de 70 años quedó igualada con la CDU. Entre los votantes más jóvenes, de hecho, se impuso con más fuerza que entre el electorado conservador tradicional.
Siegmund ganó en todos los municipios del estado, tanto en las zonas rurales más despobladas —Sajonia-Anhalt ha perdido una cuarta parte de su población desde la reunificación— como, por primera vez de forma significativa, en distritos urbanos como Magdeburgo. La abstención jugó también un papel decisivo: con una participación cercana al 78%, la más alta en años, buena parte del crecimiento de AfD procedió de antiguos abstencionistas que decidieron votar por primera vez en mucho tiempo, y no solo de un trasvase entre partidos tradicionales. Aun así, ese trasvase existió y fue brutal para la CDU, que perdió más de 130.000 votantes frente a otras formaciones, 82.000 de ellos directamente hacia AfD.
Por qué el Estado alemán la considera de extrema derecha
Que AfD sea calificada como partido de extrema derecha no es una etiqueta periodística ni una descalificación política: es una conclusión jurídico-administrativa del propio Estado alemán. La Oficina Federal para la Protección de la Constitución (Bundesamt für Verfassungsschutz), el servicio de inteligencia interior encargado de vigilar amenazas al orden democrático, clasificó en mayo de 2025 al partido en su conjunto como organización «de extrema derecha confirmada» (gesichert rechtsextremistisch), la categoría de mayor gravedad, tras una investigación de casi tres años y un informe de más de 1.100 páginas. Antes de esa resolución, ya existía ese mismo grado de clasificación para las delegaciones regionales de AfD en Turingia, Sajonia y la propia Sajonia-Anhalt, así como para su organización juvenil.
El argumento central de los servicios de inteligencia no es programático, sino relativo a los principios constitucionales de dignidad humana e igualdad. Según la agencia, el partido sostiene una concepción étnica y ascendencial del pueblo alemán que excluye, de facto, a los ciudadanos con antecedentes migratorios —en particular de países de mayoría musulmana— de una pertenencia plena a la nación, y recurre de forma sistemática a un lenguaje que la propia BfV considera islamófobo y xenófobo. Esa concepción, sostienen sus responsables, resulta incompatible con el orden fundamental libre y democrático que la Constitución alemana protege de manera reforzada, precisamente por la experiencia histórica del nazismo.
La clasificación no implica una prohibición automática: solo el Bundestag, el Bundesrat o el Gobierno federal pueden solicitar al Tribunal Constitucional la ilegalización de un partido, y ninguno de los tres se ha decidido a dar ese paso, conscientes de que un intento fallido reforzaría el relato de persecución que la propia AfD explota. La dirección del partido, con Alice Weidel y Tino Chrupalla a la cabeza, ha calificado la resolución de maniobra política y ha anunciado recursos judiciales. Pero la etiqueta, avalada por los tribunales en instancias previas, ha quedado fijada en el debate público alemán con un respaldo institucional que ningún otro partido en la historia reciente del país había recibido.
El cordón sanitario, un dique que hace agua
Si algo demuestra Sajonia-Anhalt es que aislar institucionalmente a la extrema derecha no basta para frenar su crecimiento electoral. El cordón sanitario —la negativa explícita de los demás partidos a pactar, gobernar o siquiera negociar con AfD, conocida en Alemania como Brandmauer o «muro cortafuegos»— ha mantenido a la formación fuera del poder en todos los niveles de gobierno desde su fundación en 2013. En Sajonia-Anhalt volverá a hacerlo: pese a ganar con holgura, sus 39 escaños en un Parlamento de 83 la dejan a tres de la mayoría absoluta, y el resto de fuerzas ya ha descartado de forma unánime cualquier negociación de gobierno con Siegmund.
El problema es que ese muro, pensado para impedir el acceso al poder, no ha impedido el crecimiento sostenido del apoyo electoral. AfD ha duplicado su resultado de 2021 estando permanentemente excluida de cualquier responsabilidad de gobierno, lo que alimenta entre sus votantes la sensación de que el sistema les niega una opción legítima y refuerza su narrativa antiestablishment. Tampoco ha funcionado la estrategia alternativa ensayada por buena parte de la derecha conservadora europea, que ha optado por endurecer su discurso migratorio para recuperar votantes: en Sajonia-Anhalt, la CDU intentó ese giro y aun así sufrió el peor resultado de su historia en ese estado, porque, como suele ocurrir cuando un partido tradicional copia el programa de la extrema derecha, buena parte del electorado prefiere el original a la imitación.
Lo que queda, entonces, es un dilema sin resolver para el resto del arco político alemán: ni la exclusión institucional ni la imitación programática han contenido a AfD; ignorar las causas materiales de su ascenso —salarios por debajo de la media, desempleo superior al nacional, una región que envejece y se despuebla desde hace tres décadas— tampoco parece una respuesta sostenible. El cordón sanitario sigue impidiendo, por ahora, que Siegmund gobierne Sajonia-Anhalt. Pero no ha impedido, ni en esta región ni en el resto de Alemania, que la extrema derecha siga siendo, elección tras elección, la fuerza que más crece.
